Jesucristo: camino de iniciación espiritual
Vivimos en un mundo de anti espiritualidad, donde lo físico, lo racional, lo económico y lo corporal tiene predominancia sobre la espiritualidad humana. Hoy, la Sociedad en general y en particular la Occidental (aunque el resto de sociedades están contagiadas por estas tendencias culturales) muestra que el Camino de Iniciación de los human es el crecimiento mundano, terrenal, los logros económicos, laborales, sexuales; casi siempre a costa de los demás; una auténtica muestra de depredación.
Estamos sencillamente satanizados, rodeados e inmersos en un hábitat demoníaco donde el Bien, nuestro único Camino y meta, está eclipsado por el Mal (la ausencia del Bien) de forma que nuestra particular y única identidad como Humanos, criaturas de Dios, especiales en toda la Creación, ha sucumbido a los cantos sirenaicos de Satanás, príncipe de la Mentira.
De tal manera hemos caído en el Pecado (el alejamiento de Dios) que nuestra educación, nuestra cultura, nuestras costumbres e ideales se alejan de la espiritualidad, tomando a esta Gracia divina como un mal a evitar, como un freno en nuestro camino, como una característica folclórica de tiempos pasados, algo retrógrado.
Nuevas tendencias culturales están trayendo confusión y desánimo, más que luz en este valle de sombras. Unos buscan en otras filosofías, mayormente orientales, las respuestas, sin encontrarlas plenamente, porque para beberlas se han de someter a una inmersión absoluta de las mismas y, la verdad, pocos occidentales quieren perder el estatus que supone pertenecer al mal llamado Primer Mundo. Otros, los más, buscan en los nuevos gurús (con minúscula) de la Nueva Era, mezclas de psicología, autoayuda, pseudoespiritualidad y mucho negocio. También los hay que intentan encontrar la Espiritualidad humana (y por lo tanto trascendente) en las ideas partidistas de la política actual, como el Progresismo, nueva marca de la Izquierda política que aglutina un combinado de socialismo denostado, verderismo (la ecología es otra cosa) antireligionismo o anticlericalismo, anarquía, globalización y, sobre todo, culto al cuerpo y al dinero.
De esta manera, nuestros niños y adolescentes españoles crecen con la idea de que la Espiritualidad no existe, o al menos no es importante, y que, además de tenerse que circunscribir al ámbito cerrado (y oculto) de la familia, no es necesario su desarrollo, vivencia y práctica para ser una Persona actual, políticamente correcta. Lo curioso es que, mientras que se lucha por apartar a los jóvenes de la religión y la espiritualidad cristiana, elementos que han conformado Occidente, tanto a un lado como a otro del Atlántico, se admiten, como armas contra el Cristianismo, otras formas de espiritualidad (igual de válidas) que son minoría pero que sirven de ariete, como el Islám.
Pero hay algo que une a todos los seres humanos, ya sean cristianos, islámicos, budistas, hinduistas, ateos o agnósticos: que somos criaturas del mismo Dios, que formamos parte de la Creación y que somos, realmente, los Hijos predilectos, la especie a la que Dios otorgó lo que a ninguna otra ha hecho. ¿Por qué? La respuesta forma parte de la propia identidad oculta de Dios para el human.
De hecho, el problema no es cultural ni educacional, sino de identidad. Hoy, en Occidente principalmente, las personas no saben que son personas, como seres individuales con dignidad propia, criaturas de Dios y con el don de la espiritualidad y la libertad. Hoy nos sometemos a las leyes humanas desconociendo la suprema Ley Divina o Ley Natural, igualitaria para todos los seres humanos. Hoy desconocemos lo que significa ser Seres Humanos hechos a imagen y semejanza de Dios.
En efecto, los humanos somos una creación de Dios, creados después de los ángeles y con unas características propias, entre otras y como principal: ser imagen de Dios mismo. El alma encarnada, que de eso se trata un ser humano, es más que la personita que convive en este mundo, porque tiene una parte esencial trascendente: el Alma, que proviene de Dios y que nos precede antes del nacimiento y nos supera después del óbito. Así mismo, tenemos un Espíritu, que es el plano de unión entre el Físico y el Alma. Conocer y aceptar esta realidad nos permite vislumbrar un camino nuevo y superar los miedos y anclajes humanos que nos supeditan a este Plano finito.
La gran pregunta de ¿por qué estamos aquí? Se responde rápida y claramente con el conocimiento de nuestra auténtica identidad. Estamos porque formamos parte de un Plan Superior de Dios, desconocido pero real. Estamos aquí para traspasar este plano de oscuridad hacia la Luz que sólo es Él (Quien todo lo sabe, como dice el Corán) a través de la Luz que supone Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios que como tal, se encarnó para, de nuevo, mostrar el único camino cierto al Padre. Y nuestro devenir en la Tierra es un camino de oscuridad, de dolor y de soledad, porque como seres humanos estamos sucumbidos a un Pecado supremo: el Orgullo, que supuso antaño (en nuestros primeros padres) alejarse de Dios, rechazarlo por pretender no necesitarlo. No es que nos vendiéramos a Satanás, sino que caímos en la trampa del Príncipe Mentiroso y nos creímos capaces de vivir sin aquel que nos da la vida. Este Pecado, que no es original porque no fue creado ni instituido por Dios, sino que se debe al don de la Libertad suprema que Dios quiso otorgarnos, supuso la tiniebla en nuestro sendero. No es otra cosa que caminar alejados de la mano de Dios. Alejados del Amor.
Por ello, en un momento concreto de la Historia, que fue ese pero podría haber sido otro, Dios decide que tiene que encarnarse para volver, una vez más, a mostrar el auténtico camino. Más que eso. En muchas ocasiones y con otras personas por medio, Dios nos ha mostrado el Camino hacia Él: profetas, Budas, Sabios… Todos ellos mostraban el único sendero a la Luz. Pero hace ahora aproximadamente 2000 años, Dios mismo tomo la forma corpórea, como human perfecto, y tras pasar por todos los planos existenciales humanos: nacimiento, crecimiento, aprendizaje, casamiento y muerte, dejó grabado para siempre cual es el auténtico camino a la Verdad: Él mismo, Jesucristo, Jesús el maestro de Nazaret.
El Camino es Él. El Camino que nos ha mostrado es el del Amor, el amor al Padre (Dios) el amor a Jesucristo (Hijo) y el amor a los demás (Espíritu) Solamente a través y gracias a este amor fraternal podemos alimentar nuestro cuerpo y nuestro espíritu para avanzar.
Aunque parezca mentira, el Camino es muy sencillo de seguir, porque todos tenemos en nuestros genes (en nuestro corazón espiritual) la chispa divina, porque todos somos criaturas del mismo Dios y por lo tanto, semejantes al Creador. Tenemos grabado en nuestro GPS etérico la ruta a la Gracia que no es otra que mantenernos en el sendero del amor a Dios y al hermano. Las señales que vemos son sencillas de interpretar, porque en los demás vemos a Dios. Si amamos a los demás, amamos a Dios; si les despreciamos, lo hacemos igual con el Creador. De hecho, el pecado no supone dañar a Dios, a quien nada podemos hacer, sino que supone una ofensa a Dios, normalmente, al dañar a otro ser humano, o a nosotros mismos. Recordemos aquí que nuestro cuerpo no nos pertenece, es una envoltura prestada por Dios a nuestra Alma, auténtica esencia de la persona (aunque en el Plano físico, alma y cuerpo son realidades inseparables) por lo que dañarnos a nosotros mismos es el mismo pecado que dañar a otro hermano.
En Jesucristo encontramos la Verdad. La verdad es que gracias al amor podemos avanzar, podemos encontrar la Luz. No hay que vivir con atrición, sino con alegría, porque el miedo engendra violencia y daño y nos aleja de Dios. Tenemos que caminar seguros de que con poquito que hagamos, porque todos somos pecadores por naturaleza, la Gracia de Dios, a través de su Espíritu, nos acompaña y nos guía. Además, Dios nos ha dotado de ayudas especiales, como los ángeles, que además de acompañarnos y guiarnos, nos regalan su energía astral para alimentarnos el corazón y por lo tanto, otorgarnos dosis de amor.
Jesús está en todos los hombres y mujeres porque Dios es el creador de todos. No importa como lleguemos a Él, lo importante es tenerle cerca, sentirle a nuestro lado, entrar en comunión con Él. Cuando Jesús dice comed y beber de mi cuerpo y de mi sangre, está ofreciéndose realmente para que su cuerpo y su sangre sean nuestro alimento espiritual. Su cuerpo humano, que murió para resucitar (el único ser que ha resucitado, los demás, como Lázaro, revivieron, solamente) trascendió a la muerte, es decir, trascendió a la oscuridad, mostrando el único camino: la Luz de Dios hacia Dios. Y la única linterna capaz de iluminarnos es Jesucristo y su mensaje y, sobre todo, su enseñanza, basada en la experiencia, del Amor
Francisxo S. Caballero
Diplomado en Teología. Vocal de la Sociedad Española para la Difusión de la Espiritualidad (SEDEL), Director del Periódico Católico Cristian Press.
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